Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—¡Pues la codteza. claro! —aclaró Bruno—. Entonces, si viviera para decid. «Ojalá tuviera esa codteza…» y todo eso, ¡sabdía dónde la tiré!

Esta nueva interpretación dejó completamente boquiabierta a la buena mujer, que regresó al tema de «Bessie».

—¿No os gustaría ver la muñeca de Bessie, cielitos? Bessie, ¡lleva a la señorita y al caballerete a ver a Matilda Jane!

La timidez de Bessie desapareció al instante.

—Matilda Jane se acaba de despertar —declaró, confidencialmente, a Silvia—. ¿Me ayudarás con su vestido? ¡Hacerle los lazos es un rollo!

—Eso puedo hacerlo yo —escuchamos decir a Silvia, con su dulce voz, mientras las dos niñas salían juntas de la habitación. Bruno ignoró todo aquello y se acercó tranquilamente a la ventana con verdaderos andares de refinado caballero. Las niñas y las muñecas no iban en absoluto con él.

Acto seguido la madre amantísima procedió a referirme (¿qué madre no está dispuesta a ello?) todas las virtudes de Bessie (y también sus defectos, de paso) y las muchas y temibles enfermedades que, a pesar de esos carrillos rubicundos y esa figura regordeta, a punto habían estado, repetidas veces, de barrerla de la faz de la tierra.


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