Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¡DÃselo tú, Bessie! —Y la madre bajó la mirada, con orgullo y amor, hacia una sonrosada muchachita que acababa de entrar lenta y tÃmidamente en la habitación, y se apoyaba en su rodilla—. ¿Qué es lo que dice tu libro de poemas sobre desperdiciar cosas adrede?
—Porque desperdiciar adrede un drama comprende —recitó Bessie, en un susurro casi inaudible—, y tal vez vivas para decir: «¡Ojalá tuviera esa corteza de la que entonces prescindÃ!».
—¡Ahora intenta decirlo tú, precioso! Porque desperdiciar…
—Podque despeddiciad… nosequenosecuántos… —empezó a repetir Bruno, bastante dispuesto, y a continuación se paró en seco—. ¡Ya no me acueddo de más!
—Bueno, ¿qué has aprendido entonces del poema? Al menos eso nos lo podrás decir, ¿no?
Bruno le dio un pequeño bocado al bizcocho y se quedó pensando, pero la moraleja no parecÃa resultarle muy obvia.
—Siempre… —le apuntó Silvia en un susurro.
—Siempde… —repitió Bruno en voz baja, y entonces, súbitamente inspirado, añadió—: ¡siempde mirad adonde va!
—¿Adonde va qué, precioso?