Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Matilda Jane
—Ven conmigo, caballerete —dijo nuestra anfitriona, subiendo a Bruno a su regazo—, y cuéntamelo todo.
—No puedo —contestó Bruno—. No habdÃa tiempo. Además, no lo sé todo.
La buena mujer puso cara de cierta estupefacción y se volvió hacia Silvia en busca de ayuda.
—¿Le gusta montar? —preguntó.
—SÃ, me parece que sà —respondió Silvia con suavidad—. Acaba de montar a Nerón.
—Ah, Nerón es un perro magnÃfico, ¿no es cierto? ¿Alguna vez probaste un caballo, hombrecito?
—¡Nunca! —negó Bruno con gran decisión—. Los caballos no son para comed. ¿Usted se los come?
En aquel momento creà conveniente intervenir y mencionar el asunto que nos habÃa traÃdo allÃ, de modo que la liberé, durante unos minutos, de las desconcertantes preguntas de Bruno.
—¡Y estos queridos niños querrán un trozo de bizcocho, se lo aseguro! —comentó la hospitalaria mujer del granjero, una vez concluido el trabajo, mientras abrÃa su armario y sacaba un bizcocho—. ¡Y no dejes la corteza, caballerete! —agregó, a la vez que le pasaba una buena porción a Bruno—. ¿Sabes lo que dice el libro de poemas acerca de desperdiciar cosas adrede?
—No —dijo Bruno—. ¿El qué?