Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Entonces le conté la vieja historia de un cierto hombre de pueblo que se compró un pequeño barril de cerveza y puso a su esposa al cuidado del mismo, y de cómo, cada vez que querÃa tomarse su jarra, se la pagaba siempre directamente a ella, y ella nunca le «fiaba», y era una camarera totalmente inflexible que jamás le permitÃa excederse más de lo debido; cada vez que habÃa que rellenar el barril, la mujer disponÃa de dinero en abundancia para ello, y lo que sobraba, lo metÃa en la hucha. Al terminar el año, él no sólo poseÃa una salud y un ánimo de primera, con ese aire indefinible pero inconfundible que siempre distingue al hombre sobrio del que «se pasa un poquitÃn», sino que además tenÃa una hucha llena de dinero, ¡ahorrado enteramente de su propio bolsillo!
—¡Ojalá todos hicieran lo mismo! —deseó la buena mujer, secándose los ojos, rebosantes de gentil compasión—. La bebida no habrÃa de ser entonces la maldición que es para algunos…
—Únicamente es una maldición —dije yo— cuando se usa de manera incorrecta. Cualquiera de los dones de Dios puede convertirse en una maldición, si no lo utilizamos con sabidurÃa. Pero debemos volver ya a casa. ¿Le importarÃa llamar a las niñas? ¡Estoy seguro de que Matilda Jane ha tenido compañÃa suficiente, por un dÃa!