Silvia y Bruno

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—Estoy viendo a un viejo amigo mío en el camino —dijo ella—: si no lo conoce, ¿quiere que se lo presente?

Me pareció despertar de un sueño, ya que aún notaba con fuerza la sensación de «inquietud», y la figura ante mis ojos parecía cambiar a cada instante, como una de las imágenes de un caleidoscopio: en un momento era el profesor, ¡y al siguiente era alguien distinto! Para cuando llegó a la cancela, no cabía duda de que era otra persona, y sentí que el proceder correcto era que lady Muriel, y no yo, lo presentara. Ella lo saludó amablemente y, tras abrir la cancela, invitó a pasar al venerable anciano —un alemán, a todas luces— que miraba a su alrededor con expresión confundida, ¡como si él también acabase de despertar de un sueño!

No, ¡claramente no se trataba del profesor! Mi viejo amigo no podría haberse dejado crecer una barba tan magnífica desde la última vez que nos vimos; además, me habría reconocido, pues yo albergaba la seguridad de no haber cambiado tanto durante ese tiempo.

De tal modo, se limitó a mirarme de manera vaga, y se quitó el sombrero en respuesta a las siguientes palabras de lady Muriel: «Permita que le presente a Mein Herr»; mientras que en su contestación, articulada con un fuerte acento alemán: «¡Es un orgullo conocerlo, señor!», no pude detectar el menor atisbo de que nos hubiéramos visto antes en alguna ocasión.


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