Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —Me siento como si hubiera comenzado para mà —declaró, casi en un susurro—. Me siento como si yo fuese uno de los felices niños que Él pidió que le acercaran, aunque la gente prefiriese que no. SÃ, Él me ha visto entre la multitud. Ha descifrado el melancólico deseo en mis ojos. Me ha invitado a acercarme a Él con un gesto. Ellos han tenido que apartarse para dejarme pasar. Me ha cogido en sus brazos. ¡Ha colocado sus manos sobre mà y me ha bendecido! —Paró de hablar, sin resuello por su felicidad absoluta.
—Sà —asentà yo ¡Creo que asà ha sido!
—Tiene que venir a hablar con mi padre —continuó diciendo, mientras permanecÃamos uno al lado del otro en la cancela, con la vista puesta en el sombrÃo camino. Pero en el mismo momento en que ella pronunciaba estas palabras, me asaltó de repente la sensación de «inquietud»; y vi cómo se acercaba hacia nosotros el querido y viejo profesor, y también, lo cual resultaba incluso más extraño, ¡que era visible para lady Muriel!
¿Qué habÃa de hacerse? ¿Se habÃa fundido la vida del mundo de las hadas con la real? ¿O acaso compartÃa lady Muriel el estado de «inquietud», y poseÃa por tanto la capacidad de adentrarse conmigo en el mundo feérico? Me disponÃa a decir algo («Estoy viendo a un viejo amigo mÃo en el camino; si no lo conoce, ¿quiere que se lo presente?») cuando ocurrió algo extrañÃsimo: lady Muriel habló.