Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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Lady Muriel nos condujo al familiar rincón lleno de sombra donde ya se habían hecho los preparativos del té de la tarde; luego, mientras ella entraba en la casa en busca del earl, nosotros nos sentamos en dos butacas, y Mein Herr echó mano a la labor de lady Muriel y la examinó a través de sus amplios anteojos (uno de los complementos que le conferían un aspecto tan incómodamente similar al del profesor).

—¿Cosiéndole el dobladillo a unos pañuelos? —dijo en tono pensativo—. Así que a esto dedican el tiempo las damas inglesas, ¿eh?

—¡Es la única destreza —señalé— en la que el hombre nunca ha sido rival para la mujer!

Lady Muriel regresó entonces con su padre y, después de intercambiar algunas palabras amistosas con Mein Herr, y de habernos provisto todos de las comodidades necesarias, el recién llegado volvió al sugerente tema de los pañuelos de bolsillo.

—¿Ha oído hablar de la bolsa de Fortunatus, milady? ¡Ah, sí! ¿Se sorprendería al saber que, con tres de estos pequeños pañuelos, será capaz de hacerla, de manera totalmente sencilla y rápida?

—¿En serio? —respondió lady Muriel con entusiasmo, mientras colocaba un montón de ellos en su regazo y enhebraba su aguja—. ¡Por favor, dígame cómo, Mein Herr! ¡Haré una antes de probar una gota más de té!


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