Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—Ahora, este tercer pañuelo —continuó Mein Herr— posee asimismo cuatro bordes, que uno puede seguir de manera continua dando toda la vuelta; lo único que hay que hacer es unir sus cuatro bordes con los cuatro bordes de la abertura. La bolsa está entonces completa, y su superficie externa…

—¡Ya comprendo! —lo cortó lady Muriel con exaltamiento—. ¡Su superficie externa será continua con la interna! Pero llevará tiempo hacerlo. La coseré después del té. —Dejó la bolsa a un lado, y cogió otra vez su taza—. ¿Pero por qué la llama la «bolsa de Fortunatus», Mein Herr?

El adorable anciano le sonrió jovialmente de oreja a oreja, exhibiendo un parecido más fiel al profesor que nunca.

—¿Es que no lo ve, mi niña… quiero decir, milady? Todo lo que está dentro de la bolsa, también está fuera, y viceversa. ¡Así que tiene toda la riqueza del mundo en esa pequeña bolsa!

Su pupila aplaudió, con desaforado placer.

—Desde luego coseré el tercer pañuelo… en algún momento —señaló—, pero no voy a consumir su tiempo tratando de hacerlo ahora. ¡Cuéntenos más cosas maravillosas, por favor! —Y su cara y su voz me recordaron con tal exactitud a las de Silvia, que no pude evitar echar un vistazo en derredor mío, ¡esperando en parte ver también a Bruno!


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