Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Mein Herr comenzó a hacer equilibrios con su cuchara en el borde de su taza de té, mientras le daba vueltas en su cabeza a aquella petición.
—¿Algo maravilloso… como la bolsa de Fortunatus? Que ella te proporcionará, una vez fabricada, más riquezas de las que jamás hayas podido soñar, ¡pero no te dará tiempo!
Siguió un silencio que lady Muriel empleó para el muy práctico propósito de volver a llenar las tazas de té.
—En su paÃs —comenzó a decir Mein Herr sin previo aviso, sorprendiendo a todos—, ¿dónde acaba todo el tiempo que se pierde?
Lady Muriel puso un gesto serio.
—¿Quién sabe? —susurró medio para sus adentros—. Todo lo que uno sabe es que se ha ido… ¡para no volver!
—Bueno, en mi… quiero decir, en un paÃs que visité —rectificó el anciano—, lo guardan; ¡y resulta de lo más útil, años después! Por ejemplo, imagine que tiene una tarde larga y tediosa por delante; nadie con quien hablar; nada interesante que hacer, y aún quedan horas para irse a la cama. ¿Qué hace entonces?
—Me pongo de muy mal humor —admitió ella con franqueza— ¡y me entran ganas de lanzar cosas por la habitación!