Silvia y Bruno

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—¡No importa! No nos preocuparía. Los arreos de nuestro caballo están unidos al mismo centro de nuestro carruaje. Hay dos ruedas delante de él, y dos detrás. Se fija al techo un extremo de un amplio cinturón, que se hace pasar por debajo del caballo, y cuyo otro extremo se sujeta a un pequeño… lo que ustedes llaman «cabrestante», creo. El caballo coge el bocado con los dientes. Echa a correr. ¡Nos movemos a diez millas por hora, como un rayo! Hacemos girar nuestro pequeño cabrestante: cinco vueltas, seis, siete y… ¡puf! ¡Nuestro caballo se levanta del suelo! Que galope en el aire cuanto le apetezca: nuestro carruaje permanece quieto. Nos sentamos alrededor de él, y lo observamos hasta que se cansa. Entonces lo bajamos. ¡Nuestro caballo se alegra mucho, muchísimo, cuando sus pezuñas vuelven a pisar el suelo!

—¡Magnífico! —profirió el earl, que había estado escuchando con gran atención—. ¿Poseen sus carruajes alguna otra peculiaridad?

—En las ruedas, a veces, milord. Usted, por cuestión de salud, viaja a la playa para sentarse en balancines, para rodar por la arena y, de vez en cuando, para sumergirse en el agua. Nosotros hacemos todo eso en tierra: nos balanceamos, como usted; rodamos, como usted, pero en cuanto a sumergirnos, ¡no! ¡No hay agua!

—¿Cómo son las ruedas, entonces?


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