Silvia y Bruno

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—¡Pues el largo, el ancho y el grosor, si lo prefieres dicho así! —Y el anciano sonrió medio desdeñoso.

El lord canciller recuperó la compostura con gran esfuerzo, y señaló la ventana abierta.

—Si su excelentísima se detiene un momento a escuchar los gritos del exasperado populacho… —«¡Del exasperado populacho!», repitió el subrector en voz más alta, dado que el lord canciller, en el estado de terror absoluto en que se encontraba, había bajado la suya hasta casi un susurro comprenderá qué es lo que demandan.

Y en ese instante la sala se vio invadida por un clamor áspero y confuso, en el que las únicas palabras audibles eran: «¡Menos… pan! ¡Más… impuestos!». El anciano estalló en carcajadas.

—¿Pero qué…? —empezó a decir, pero el canciller no le oyó.

—¡Debe de ser un error! —farfulló, acercándose a toda prisa a la ventana, desde la que regresó enseguida con aire aliviado—. ¡Escuche ahora! —exclamó, manteniendo una mano en alto para mayor efecto. Y esta vez las palabras se oyeron con absoluta claridad, y con la precisión del tictac de un reloj: «¡Más… pan! ¡Menos… impuestos!».


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