Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¡Más pan! —repitió el rector con asombro—. ¡Pero si la nueva panaderÃa del Estado abrió hace sólo una semana, y di órdenes de vender el pan a precio de coste mientras dure la actual carestÃa! ¿Qué más pueden esperar que haga?
—¡La panaderÃa está cerrada, æ’I! —dijo el canciller, más alto y claro de lo que habÃa hablado hasta el momento. Lo habÃa envalentonado el saber que a ese respecto, al menos, disponÃa de pruebas: entregó entonces al rector unos cuantos edictos que se encontraban preparados, junto con algunos libros abiertos de contabilidad, sobre una mesa auxiliar.
—¡SÃ, sÃ, ya veo! —murmuró el rector, mientras los ojeaba con indiferencia—. ¡Una orden revocada por mi hermano, pero firmada supuestamente por mÃ! ¡Una práctica bastante artera! ¡Está bien! —añadió en tono más alto—. Llevan mi firma, de modo que los tomo como mÃos. Pero ¿qué quieren decir con «menos impuestos»? ¿Cómo pueden bajar más? ¡Abolà el último de ellos hace un mes!
—¡Ha sido restablecido, æ’l, y por propia orden de su æ’l! —dicho lo cual, presentó otros edictos para que los examinara.