Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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Acariciando prácticamente las teclas en un comienzo, tocó una especie de introducción en una tonalidad menor, que se asemejaba a un crepúsculo encarnado; daba la sensación de que las luces se estaban atenuando y de que una niebla se deslizaba lentamente por la sala. Entonces destellaron en la creciente penumbra las primeras notas de una melodía tan hermosa, tan delicada, que uno contenía la respiración por miedo a perderse una sola nota. De tanto en tanto la música caía en el patético tono menor con el que había empezado, y cada vez que la melodía se abría camino, por así decirlo, hasta la luz del día a través de la penumbra circundante resultaba más cautivadora, más mágicamente dulce. Bajo la etérea interpretación de la niña, el instrumento daba de hecho la impresión de trinar, como un pájaro. «¡Despierta, mi amor, hermosa mía —parecía cantar—, y acompáñame! Pues contempla, el invierno ha pasado, la lluvia se ha marchado; las flores brotan de la tierra; ¡ha llegado el momento de que los pájaros canten!». Uno podía creer que oía el tintineo de las últimas gotas, sacudidas de los árboles por una ráfaga de viento; que veía los primeros rayos relumbrantes del sol, penetrando las nubes.

El conde cruzó la habitación presuroso, poseído por una gran emoción.


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