Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¡No puedo recordarme —exclamó— el nombre de este aire tanto encantador! Es de una ópera, estoy de lo más seguro. ¡Pero ni siquiera la ópera consigue recordarme su nombre! ¿Cómo llamas a ella, querida niña?
Silvia se dio la vuelta para mirarlo con expresión arrobada. HabÃa dejado de tocar, pero aún paseaba sus dedos por las teclas de manera intermitente. El miedo y la timidez habÃan desaparecido ya por completo, y únicamente permanecÃa el puro gozo de la música que habÃa estremecido nuestros corazones.
—¡El tÃtulo de ella! —repitió el conde con impaciencia—. ¿Cómo llamas la ópera?

—No sé lo que es una ópera —contestó Silvia medio susurrando.
—¿Cómo entonces llamas el aire?
—No conozco ningún nombre para él —repuso Silvia, levantándose del instrumento.
—¡Pero esto es maravilloso! —exclamó el conde, siguiendo a la niña, y dirigiéndose a mÃ, como si yo fuese el dueño de este prodigio musical y debiera conocer por tanto la fuente de su música—. ¿Usted la ha oÃdo tocar esto, más pronto… digo «antes de esta ocasión»? ¿Cómo llama el aire?