Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Yo negué con la cabeza, pero me vi salvado de más preguntas por lady Muriel, que se acercó a pedirle una canción al conde.
Este separó las manos excusándose, y agachó la cabeza.
—Pero milady, ya he revisionado… digo revisado… todas sus canciones; ¡y no habrá ninguna apropiada para mi voz! ¡No son para voces de bajo!
—¿No quiere echarles otra ojeada? —imploró lady Muriel.
—¡Ayudémosle! —le susurró Bruno a Silvia—. ¡Encontdemos para él… ya sabes!
Silvia hizo un asentimiento de cabeza.
—¿Quiere que le busquemos una canción? —ofreció dulcemente al conde.
—¡Mais oui! —exclamó el hombrecillo.
—¡Claro que sÃ! —dijo Bruno, al tiempo que, cogido cada uno a una mano del encantado conde, lo conducÃan al atril.
—¡Aún hay esperanza! —declaró lady Muriel por encima del hombro, mientras los seguÃa.
Yo me volvà hacia Mein Herr, esperando poder retomar nuestra interrumpida conversación.
—Me estaba comentando usted… —empecé a decir, pero en aquel momento Silvia vino a llamar a Bruno, el cual habÃa regresado a mi lado, y mostraba un gesto inusualmente serio.