Silvia y Bruno
Silvia y Bruno En una ciudad que se alza en pleno corazón del África, y que el turista ocasional raramente visita, la gente siempre le había comprado huevos —una necesidad diaria en un clima en el que el ponche de huevo era la dieta usual— a un mercader que paraba ante sus puertas una vez por semana. Y la gente siempre pujaba como loca entre sí por conseguirlos, de modo que se producía una animadísima subasta cada vez que el mercader se presentaba, y el último huevo de su cesta solía alcanzar el valor de unos dos o tres camellos. Y los huevos se cotizaban más semana tras semana. Y seguían bebiendo su ponche de huevo, y se preguntaban por qué se les iba todo el dinero.
Y llegó un día en que se pusieron a discutir juntos el problema.
Y comprendieron lo asnos que habían sido.
Al día siguiente, cuando apareció el mercader, se acercó a hablar con él un solo hombre, que dijo: «Oh, mercader de la nariz ganchuda y los ojos como platos, mercader de la barba interminable, ¿cuánto por ese lote de huevos?».

Y el mercader le contestó: «Podría dejarte ese lote a diez mil piastras la docena».
Y el hombre rio suavemente para sus adentros, y dijo: «Diez piastras la docena te ofrezco, y no más, ¡oh, descendiente de un distinguido antepasado!».