Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

—¡En absoluto! —fue la educadísima contestación de Mein Herr—. Me encanta hablar cuando dispongo de un oyente tan bueno como usted. Lo que dio inicio a todo, entre nosotros, fue el informe que trajo uno de nuestros hombres de Estado más eminentes, el cual había pasado cierto tiempo en Inglaterra, sobre el modo en que se llevaban aquí los asuntos. Era una necesidad política (o eso nos aseguró y nosotros le creímos, aunque jamás lo hubiéramos sabido hasta ese momento) que existiesen dos partidos para cada cuestión y sobre cualquier tema. En política, los dos partidos, que ustedes habían encontrado necesario instituir, se llamaban, según nos contó, Whigs y Tories[*].

—Debió de ser hace algún tiempo, ¿no? —apunté.

—Lo fue —admitió él—. Y el modo en que se llevaban los asuntos de la nación británica era el siguiente (corrí) ame si mi manera de representarlo es incorrecta, pero únicamente repito lo que nuestro viajero nos contó: estos dos partidos, que siempre mostraban una hostilidad crónica mutua, se turnaban en la dirección del Gobierno, y, según creo, el partido que resultaba no estar en el poder recibía el nombre de «oposición», ¿cierto?

—Ese es el nombre —asentí—. Desde el principio ha habido, siempre que hemos tenido Parlamento, dos partidos, uno en el poder y otro en la oposición.


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