Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—Ah, después ya no les gustó tanto. En un breve espacio de tiempo, las cosas se acomodaron a una rutina regular. No se realizaba ningún trabajo en absoluto. De manera que los gobernantes no obtenían dinero, y los opositores recibían la paga completa. Y los terratenientes nunca descubrieron, hasta que la mayoría de ellos estuvieron arruinados, que los granujas habían acordado esa situación, ¡y se repartían la paga entre ellos! Mientras aquello duró, ¡se producían visiones curiosas! No son pocas las veces que he visto a un labrador, con dos caballos enganchados al arado, esforzándose al máximo por hacerlo avanzar, al tiempo que el labrador de la oposición, con tres burros sujetos al extremo contrario, ¡se afanaba con todas sus fuerzas en hacerlo retroceder! ¡Y el arado no se movía ni un ápice en ninguna de las dos direcciones!

—¡Pero nosotros nunca hemos hecho nada parecido! —exclamé yo.

—Tan sólo porque ustedes eran menos lógicos que nosotros —repuso Mein HerrAlgunas veces, ser un zoquete constituye una ventaja. ¡Disculpe! No era una alusión personal. ¡Todo eso ocurrió hace mucho tiempo, sabe usted!

—¿Y el principio de dicotomía tuvo éxito en algún caso? —indagué.


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