Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¡Ese lo convertiré en un anzuelo! —dijo Silvia—. Para pescar a Bruno con él, ¡cuando huya de sus lecciones!
—¡No te imaginas cuál es mi regalo! —dijo Uggug, que habÃa cogido la fuente de la mantequilla de la mesa y se habÃa colocado a su espalda, con una expresión maliciosa en el rostro.
—No, no me lo imagino —contestó Silvia sin levantar la vista. SeguÃa examinando el alfiletero del profesor.
—¡Es este! —gritó el granuja, exultante, mientras vaciaba la fuente sobre la cabeza de la niña, y luego, con una gran sonrisa de placer ante su propio ingenio, miró a su alrededor a la espera de aplausos.
Silvia se fue poniendo colorada, a medida que se limpiaba la mantequilla del vestido; pero mantuvo los labios muy apretados y se alejó hasta la ventana, donde se quedó mirando al exterior, intentando tranquilizarse.
El triunfo de Uggug fue uno muy breve: el subrector habÃa regresado, justo a tiempo de ser testigo de la trastada de su querido hijo, y un instante después un sopapo hábilmente propinado transformó la sonrisa gozosa en un aullido de dolor.
—¡Cariñito! —gritó su madre, rodeándolo con sus rechonchos brazos—. ¿Te has llevado un bofetón por nada? ¡Mi cosita bonita!