Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¡No es por nada! —gruñó el enfadado padre—. ¿Es usted consciente, señora, de que soy yo el que paga las facturas de la casa, de una suma anual fija? ¡La pérdida de toda esa mantequilla desperdiciada recae sobre mÃ! ¿Me oye, señora?
—¡Cierre el pico, caballero! —milady habló en voz muy baja, casi en un susurro. Pero habÃa algo en su mirada que lo hizo callar—. ¿Es que no ves que se trataba únicamente de una broma? ¡Y de una muy ingeniosa, además! ¡Tan sólo querÃa decirle que su amor por ella enternece su corazón como si estuviese hecho de mantequilla! ¡Y, en vez de alegrarse por el cumplido, esa crÃa rencorosa se ha ido enfurruñada!
El subrector era muy hábil cambiando de tema. Cruzó la sala hasta la ventana.
—Querida —dijo—, ¿es un cerdo eso que veo ahà abajo, hociqueando entre tus flores?
—¡Un cerdo! —chilló milady, corriendo como loca hasta la ventana, y casi apartando de un empujón a su marido, en sus ansias por mirar ella misma—. ¿De quién es? ¿Cómo ha entrado? ¿Adónde ha ido ese jardinero chiflado?