Silvia y Bruno
Silvia y Bruno En ese momento Bruno entró de nuevo en la sala, y pasando por delante de Uggug (el cual estaba lloriqueando con todas sus fuerzas, con la esperanza de que alguien le hiciera caso) como si estuviera totalmente acostumbrado a ese tipo de cosas, corrió hasta Silvia y la rodeó con sus brazos.
—¡He ido a mi admario de juguetes —dijo con expresión muy apenada— para ved si había algo que pudiera degaladte! ¡Y no hay nada! ¡Están todos dotes, todos! ¡Y no me queda dinero para compdadte un degalo de cumpleaños, así que sólo puedo dadte esto! —(«Esto» fue un abrazo y un beso muy sentidos).
—¡Oh, gracias, cariño! —exclamó Silvia—. ¡Tu regalo es el que más me gusta de todos! —(mas, si así era, ¿por qué se lo devolvió con tanta rapidez?).
Su subexcelencia se giró y acarició las cabezas de ambos niños con sus largas y finas manos.
—¡Ahora marchaos, bonitos! —dijo—. Tenemos asuntos que discutir.
Silvia y Bruno se fueron cogidos de la mano pero, al llegar a la puerta, Silvia volvió otra vez y se acercó tímidamente a Uggug.