Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—No me importa lo de la mantequilla —dijo—, y… ¡y siento que te haya hecho daño! —Intentó que el pequeño rufián y ella se dieran la mano; pero Uggug se limitó a lloriquear con más fuerza y no quiso hacer las paces. Silvia se marchó de la sala dejando escapar un suspiro.

El subrector clavó una mirada furiosa en su lagrimeante hijo.

—¡Sal de aquí, jovenzuelo! —ordenó, tan alto como se atrevió. Su mujer seguía asomada a la ventana, sin dejar de repetir:

—¡No veo a ese cerdo! ¿Dónde está?

—Se ha movido a la derecha… ahora un poco a la izquierda —indicó el subrector, quien se encontraba no obstante de espaldas a la ventana, gesticulando hacia el lord canciller, señalando a Uggug y la puerta con múltiples y hábiles movimientos de cabeza y guiños.

El canciller entendió finalmente lo que le estaba diciendo y, tras cruzar la habitación, agarró al absorbente niño por la oreja; un instante después Uggug y él se encontraban fuera de la sala, y la puerta cerrada tras ellos; pero no antes de que un penetrante alarido resonara por todas partes y alcanzara los oídos de la cariñosa madre.


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