Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —Bueno, era un niño muy bueno, y siempre conservaba sus promesas, y poseÃa un gran armario…
—¡… donde consedvaba todas sus pdomesas! —prorrumpió Bruno.
—Si conservaba todas, todas sus promesas —observó Silvia, con una expresión maliciosa en los ojos—, ¡no era como algunos niños que conozco!
—TenÃa que echadles sal, naturalmente —apuntó Bruno con gravedad—. No se pueden consedvad pdomesas si no hay sal, podque se echan a pedded. Y consedvaba su cumpleaños en el segundo estante.
—¿Cuánto tiempo lo tuvo? —pregunté yo—. Nunca puedo conservar el mÃo más de veinticuatro horas.
—¡Pero si un cumpleaños ya dura eso pod sà solo! —exclamó Bruno—. ¡Usted no sabe consedvadlos! ¡Este niño tuvo el suyo un año entero!
—Y entonces comenzarÃa su siguiente cumpleaños —dijo Silvia—. Asà que siempre lo estarÃa celebrando.
—Asà era —asintió Bruno—. ¿A usted le hacen degalos en su cumpleaños, hombde señod?
—A veces —respondÃ.
—Cuando se podta bien, ¿a que s�
—Ser bueno ya es una especie de regalo, ¿no crees? —declaré.
—¡Una especie de degalo! —repitió Bruno—. ¡A mà me parece una especie de castigo!