Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—¡Oh, Bruno! —terció Silvia, casi con tristeza—. ¿Cómo puedes decir eso?

—Pero es que es así —reiteró Bruno—. ¡Mire, hombde señod!¡Esto es sed bueno! —Acto seguido, se sentó muy derecho y puso una cara ridículamente solemne—. Pdimero uno debe sentadse más tieso que velas…

—… que una vela —lo corrigió Silvia.

—… que velas —repitió de manera firme Bruno—. Luego tiene que juntadlas manos… así. Y después: «¿Pod qué no te has cepillado el pelo? ¡Ye a cepilládtelo ahora mismo!». Luego: «¡Oh, Bduno, no debes doblad las hojas de las madgaritas!» ¿Apdendió usted a deletdead con madgaritas, hombde señod?

—Quiero que me hables del cumpleaños de ese chico —dije yo.

Bruno regresó a su historia de inmediato.

—El niño dijo entonces: «¡Hoy es mi cumpleaños!». Así que… ¡estoy cansado! —cesó súbitamente su relato, y apoyó la cabeza en el regazo de su hermana—. Silvia se la sabe mejod, podque es más mayod que yo. ¡Sigue tú, Silvia!

Silvia, con mucha paciencia, retomó el hilo de la historia.


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