Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—Así que dijo: «Hoy es mi cumpleaños. ¿Qué puedo hacer para conservarlo?». Todos los niñitos buenos —Silvia se apartó un poco de su hermano y fingió con gran teatralidad estar susurrándome aquello—, los niños que se aprenden sus lecciones a la perfección, siempre conservan sus cumpleaños, ¿sabe? De modo que, como no podía ser de otro modo, ¡ese niño mantuvo el suyo!

—Puedes llamadlo Bduno, si quieres —comentó el pequeñín con aire indiferente—. No era yo, pero hace más interesante la historia.

—Así que Bruno se dijo: «Lo más adecuado es que celebre un picnic, yo solo, en lo alto de la colina. Y llevaré conmigo un poco de leche, pan y manzanas; ¡y, antes de nada, quiero algo de leche!». De manera que, primeramente, Bruno cogió un balde de leche…

—¡… y fue y deslechó a la vaca! —intervino Bruno.

—Sí —asintió Silvia, aceptando sin rechistar el nuevo verbo—. Y la vaca dijo: «¡Muuu! ¿Qué vas a hacer con toda esa leche?». A lo que Bruno contestó: «Por favor, señora, la quiero para mi picnic». La vaca contestó a su vez: «¡Muuu! ¡Pero espero que no la vayas a hervir!». Y Bruno dijo: «¡Claro que no! ¡La leche recién ordeñada está tan buena y calentita que no hace falta hervirla!».


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