Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¿Cdee que atdaparon al zoro, hombde señod? —me preguntó Bruno. Yo meneé negativamente la cabeza, pues no querÃa interrumpir el relato, que Silvia retomó:
—Y cuando llegaron a la casa, Bruno se asomó por la ventana. Y allà vio a los tres zorritos sentados alrededor de la mesa, con sus delantales limpios puestos y cucharas en las manos…
—¡Cucharas en las manos! —repitió Bruno con extático gozo.
—Y el zorro tenÃa un gran cuchillo enorme… listo para matar al pobre corderito… —(«¡No tiene de qué asustadse, hombde señod!», se apresuró a decir Bruno, en un susurro).
—Y justo cuando se disponÃa a ello, Bruno oyó un gran RUGIDO… —el auténtico Bruno me cogió la mano y la apretó con fuerza— y el león entró derribando la puerta, ¡y un segundo después le habÃa arrancado de un mordisco la cabeza al viejo zorro! Bruno entró de un salto por la ventana y se puso a dar botes por la habitación, gritando: «¡Hurra! ¡Hurra! ¡El viejo zorro ha muerto! ¡El viejo zorro ha muerto!».
Bruno se levantó con cierta excitación.
—¿Puedo hacedlo ahora? —inquirió.
Silvia fue totalmente clara al respecto.