Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—Y el viejo zorro estaba diciendo —continuó Silvia, admitiendo por una vez la matización gramatical—: «Sí, bonito, serás de lo más feliz con nosotros, ¡no tienes más que venir a vernos! Tengo allí tres zorros pequeños, ¡y nos encantan los corderitos!». A lo cual el cordero contestó: «Pero ustedes nunca comen corderos, ¿verdad, señor?». Y el zorro dijo: «¡Oh, no! ¿Cómo vamos a comernos un cordero? ¡Es algo con lo que nunca soñaríamos!». De modo que el cordero dijo: «En tal caso, iré con usted». Y allá que se fueron, cogidos de la mano.

—Ese zoro era pero que muy pedvedsísimo, ¿veddad que sí? —afirmó Bruno.

—¡No, no! —repuso Silvia, un tanto horrorizada por la intensidad de semejante palabra—. ¡No era tan malvado!

—Bueno, me defiero a que bueno no era —rectificó el pequeñín.

—De manera que Bruno volvió con el león. «¡Oh, ven rápido!», dijo. «¡El zorro se ha llevado al cordero a su casa! ¡Estoy seguro de que quiere comérselo!». Y el león dijo: «¡Iré lo más deprisa que pueda!». Y los dos bajaron con apremio por la colina.


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