Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—Así, Bruno dijo: «Zorrito mayor, ¿te has comido a ti mismo, granuja?». Y este dijo: «¡Uauac!». Y Bruno vio entonces que lo único que quedaba en la cesta era ¡la boca del zorrito! Así que la cogió, la abrió y ¡sacudió y sacudió! Y, por fin, ¡consiguió sacar al zorrito de su propia boca! Y luego dijo: «¡Abre otra vez la boca, pequeño malvado!». ¡Y sacudió y sacudió, hasta que logró sacar al zorrito mediano! Y a continuación ordenó a este último: «¡Ahora abre tú la boca!». ¡Y sacudió y sacudió, hasta que logró sacar al zorrito menor, junto con todas las manzanas, y todo el pan!

»Y entonces Bruno puso a los zorritos contra la pared y les soltó una pequeña reprimenda: “Zorritos, os habéis portado muy mal hasta ahora… y os voy a tener que castigar. En primer lugar, iréis al cuarto de los niños, os lavaréis la cara y os pondréis delantales limpios. Después oiréis la campanilla de la cena y bajaréis; ¡pero no habrá cena, sino una buena azotaina! Después os iréis a la cama. Por la mañana, oiréis la campanilla del desayuno. ¡Pero no habrá desayuno, sino una buena azotaina! Luego estudiaréis vuestras lecciones. Y, quizá, si sois muy muy buenos, cuando llegue la hora de la cena, ¡comeréis algo y no habrá más azotes!”. —“¡Qué magnánimo era!”, le susurré a Bruno. “¡No tanto!”, me corrigió Bruno con gravedad.


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