Silvia y Bruno
Silvia y Bruno »De manera que los zorritos fueron corriendo hasta el cuarto de los niños. Y, al poco, Bruno entró en el vestíbulo e hizo sonar la gran campanilla. “¡Tin, tin, tin! ¡A cenar, a cenar, a cenar!”. ¡Y los zorritos bajaron raudos a por su cena! ¡Con delantales limpios! ¡Y cucharas en sus manos! Y, al entrar en el comedor, ¡en la mesa había puesto un mantel blanquísimo! Pero sobre él no había nada salvo un enorme vergajo. ¡Y menuda zurra recibieron! —Yo me tapé los ojos con el pañuelo, y Bruno se subió rápidamente a mi rodilla y me acarició la cara. “¡Sólo queda una atozaina, hombde señod!”, susurró. “¡No llore más si puede evitadlo!”.