Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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»Y temprano al día siguiente, Bruno hizo sonar de nuevo la gran campanilla. “¡Tin, tin, tin! ¡A desayunar, a desayunar, a desayunar!â€. ¡Y los zorritos bajaron! ¡Con delantales limpios! ¡Y cucharas en sus manos! ¡Pero no hubo ningún desayuno! ¡Sólo el gran vergajo! Luego vinieron las lecciones —Silvia aceleró la narración, pues yo seguía con el pañuelo sobre los ojos—. ¡Y los zorritos se portaron estupendamente! Y aprendieron sus lecciones del derecho y del revés, y cabeza abajo. Y Bruno por fin hizo sonar otra vez la gran campanilla. “¡Tin, tin, tin! ¡A cenar, a cenar, a cenar!â€. Y cuando los zorritos bajaron… —“¿Llevaban delantales limpios?â€, interrogó Bruno. “¡Por supuesto!â€, respondió Silvia. “¿Y cucharas?â€. “¡Sabes que sí!â€. “No estaba seguroâ€, dijo Bruno— ¡lo hicieron más lentos que un caracol! Y dijeron: “¡Oh! ¡No habrá cena! ¡Sólo el gran vergajo!â€. Pero cuando entraron en la habitación, ¡vieron una cena magnífica! —¿Con bollos?», preguntó Bruno a gritos y dando palmas—. Con bollos y bizcocho y… —«¿… y mermelada?», sugirió Bruno—. Sí, mermelada… y sopa… y… —«¡… y confites!», intervino Bruno nuevamente, y Silvia pareció satisfecha.

»Y, en adelante, ¡fueron siempre unos zorritos buenísimos! Más buenos que el pan, cuando tocaba estudiar las lecciones, y nunca desobedecían a Bruno, y jamás volvieron a comerse unos a otros… ¡ni a sí mismos!


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