Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —«Zorrito mayor —continuó Silvia, abandonando la forma narrativa en su entusiasmo—, tú has sido tan bueno que apenas puedo creer que me hayas desobedecido, pero me estoy temiendo que te has comido a tu hermana pequeña». Y el zorrito mayor dijo: «¡Uauac, uauac!», y entonces algo hizo que se atragantara. Bruno miró dentro de su boca, ¡y estaba llena! —Silvia paró de hablar para tomar aliento; Bruno se tumbó entre las margaritas y me lanzó una mirada de triunfo. «¿No es fabuloso, hombde señod?», dijo. Yo me esforcé por adoptar un tono crÃtico: «Es fabuloso», contesté, «¡aunque aterrador!». «Puede sentadse un poquitÃn más cedca de mÃ, si lo desea», ofreció Bruno.
—De modo que Bruno se fue a casa, y llevó la cesta a la cocina, donde la abrió. Y vio… —Silvia me miró a mÃ, en esta ocasión, como si pensase que me habÃan tenido un poco olvidado y que debÃa permitÃrseme, al menos, una oportunidad de adivinarlo.
—¡No tiene ni idea! —voceó Bruno de manera impaciente—. ¡Me temo que debo decÃdselo yo! En la cesta no habÃa… ¡nada! —Yo me estremecà de pavor, y Bruno aplaudió de forma gozosa—. ¡Está asustado, Silvia! ¡Cuenta el desto!