Silvia y Bruno
Silvia y Bruno ¡Las prendas habÃan desaparecido!
Después del total fracaso de la búsqueda de los niños, se hizo otra muy poco entusiasta de sus atavÃos. Los invitados que aún quedaban allà dieron la impresión de estar más que contentos de irse, dejándonos solos al conde y a nosotros cuatro.
El conde se desplomó sobre una butaca, respirando entre leves jadeos.
—¿Quién son, entonces, estos adorables niños, le ruego me diga? —preguntó—. ¿Por qué vienen, por qué van, en este modo tan poco ordinario? Que la música se haya desaparecido; que los sombreros, las botas, se hayan desaparecido… le suplico me diga cómo es posible.
—¡No tengo ni idea de dónde están! —fue lo único que pude decir, al ver que se me solicitaba, por consenso general, una explicación.
El conde pareció disponerse a hacer más preguntas, pero se contuvo.
—La hora se vuelve tarde —señaló—. Le deseo una muy buena noche, milady. Me traslado a mi cama, para soñar… ¡si es que, en realidad, no soy soñando ya! —Dicho lo cual, abandonó presto la habitación.
—¡No se vaya todavÃa, no se vaya! —rogó el earl cuando me preparaba para seguir al conde—. ¡Usted no es un invitado!, ¿sabe? ¡Los amigos de Arthur están aquà en su casa!