Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¡Gracias! —dije mientras, con genuino instinto inglés, arrimábamos nuestras sillas a la chimenea, pese a no haber ningún fuego encendido; a continuación, lady Muriel se colocó el montón de partituras sobre las rodillas para realizar una última búsqueda de la canción extrañamente desaparecida.
—¿No os apetece como a unos locos, en ocasiones —empezó a decir esta última, dirigiéndose a m×, tener las manos ocupadas, mientras habláis, con algo que no sea simplemente sujetar un puro, y sacudirlo cada cierto rato para que caiga la ceniza? ¡Oh, sé perfectamente lo que vas a decir! —Esto iba para Arthur, que parecÃa disponerse a interrumpirla—. La majestad del pensamiento reemplaza el trabajo manual. El intenso esfuerzo intelectual de un hombre, más los golpecitos a un puro, equivalen a las ideas banales, añadiendo la labor de bordado más elaborada, de una mujer. ¿Esa es tu opinión, no es cierto, sólo que mejor expresada?
Arthur observó la expresión radiante y picara de su rostro con una sonrisa circunspecta y enormemente tierna.
—Asà es —dijo con resignación—; eso es exactamente lo que pienso.
—Descanso del cuerpo y actividad de la mente —interpuse—. Hay algún escritor que dice que ese es el summum de la felicidad humana.