Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —Ahora mismo no sé dónde están —repuso lady Muriel, de manera bastante evasiva—. Puedes dejar sus cosas aquÃ, Wilson. Yo los vestiré cuando estén listos para marcharse.
Los dos pequeños sombreros y la chaqueta de paseo de Silvia circularon entre las damas de mano en mano, suscitando numerosas exclamaciones de deleite. Sin duda, poseÃan una hermosura que resultaba un tanto mágica. Incluso las pequeñas botas se llevaron su parte de crÃticas favorables.
—¡Qué ropita más mona! —exclamó la joven pianista, casi acariciándola mientras hablaba—. ¡Y qué piececitos más chiquitines deben de tener!
Finalmente, las cosas se dejaron amontonadas sobre la otomana central, y los invitados, que habÃan perdido ya la esperanza de ver nuevamente a los niños, comenzaron a despedirse y a marcharse de la casa.
Quedaban únicamente unos ocho o nueve —a los que el conde les estaba explicando, por vigésima vez, cómo habÃa estado mirando a los niños durante la última estrofa de la canción; cómo habÃa echado entonces una ojeada por la habitación, para ver qué efecto habÃa tenido «la gran nota de pecho» sobre su audiencia, y cómo, al mirar otra vez, ambos habÃan desaparecido cuando empezaron a oÃrse exclamaciones de consternación por todas partes, momento en que el conde finalizó bruscamente su relato para unirse al clamor.