Silvia y Bruno

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—Deben de haber salido a toda prisa, mientras estábamos absortos en la canción —dijo lady Muriel, dirigiéndose al conde, que parecía más alterado que el resto—, y no hay duda de que se las han arreglado para regresar al cuarto del ama de llaves.

—¡No por esta puerta! —fue la firme protesta de un grupo de dos o tres caballeros, que habían permanecido juntos en torno a la puerta (uno de ellos, de hecho, apoyado en ella) la última media hora, al declarar—: ¡No se ha abierto desde que comenzó la canción!

Un incómodo silencio siguió a este anuncio. Lady Muriel no aventuró más conjeturas, y se dedicó, en cambio, a examinar en silencio los cierres de las ventanas, que se abrían como puertas. Todas resultaron estar bien cerradas, desde dentro.

Sin haber agotado aún todos sus recursos, lady Muriel hizo sonar la campanilla.

—Díganle al ama de llaves que venga —pidió—, y que traiga las prendas de calle de los niños.

—Aquí está, milady —dijo la obsequiosa ama de llaves, al entrar tras otro momento de silencio—. Pensé que la jovencita habría ido a mi cuarto para ponerse sus botas. ¡Aquí las tienes, cariño! —añadió en tono jovial, buscando por todas partes a los niños con la mirada. No hubo respuesta, y la mujer se volvió hacia lady Muriel con una sonrisa confundida—. ¿Se han escondido los pequeñuelos?


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