Silvia y Bruno

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—La idea —continuó el earl que, a mi modo de ver, eclipsa todas las demás es la de Eternidad; la cual implica, como así parece, el inevitable agotamiento de todos los temas de interés humano. Tomad el caso de la matemática pura, por ejemplo: una ciencia independiente de nuestro presente entorno. Yo mismo la he estudiado un poco. Considerad el tema de las circunferencias y elipses: lo que llamamos las «curvas de segundo grado». En una vida futura, que un hombre descubriera absolutamente todas sus propiedades sería únicamente cuestión de unos años (o de cientos de años, si lo preferís). Luego, podría pasar a las curvas de tercer grado. Pongamos que con ellas tardara diez veces más (como veis, disponemos de tiempo ilimitado). Me resulta difícil imaginar que su interés en la materia durara siquiera tanto, y, aunque no existe límite al grado de las curvas que podría estudiar, ciertamente el tiempo necesario para agotar toda la novedad y el interés del tema sería completamente finito, ¿no? E igual con todas las demás ramas de la ciencia. Y, cuando me transporto, con la mente, unos miles o millones de años al futuro, y me imagino poseedor de tantos conocimientos como puede albergar una razón creada, me pregunto: «¿Y ahora qué? Con nada más por aprender, ¿puede uno descansar satisfecho de conocimientos, con toda la eternidad aún por delante?». Esta idea ha sido una carga muy pesada. A veces he pensado que uno podría, en esa situación, decir: «Es mejor no ser», y rezar por la aniquilación personal: el nirvana de los budistas.


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