Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —El caso de la ciencia militar resulta aún más evidente —señaló el earl—. Sin pecado, la guerra serÃa sin duda imposible. Aun asÃ, cualquier mente que haya tenido en esta vida algún interés profundo, no pecaminoso en sÃ, encontrará por sà sola con seguridad alguna lÃnea de trabajo posterior que le agrade. Puede que Wellington no tuviera más batallas que librar y, con todo,
No dudamos que, para alguien tan leal,
otras tareas más nobles debe haber
que la batalla que libró en Waterloo,
¡y la victoria siempre suya ha de ser![*].
Pronunció los hermosos versos muy despacio, como si los amara; y su voz, cual una música lejana, se hundió luego en el silencio.
Pasados unos instantes, volvió a hablar.
—Si no estoy aburriéndoos, me gustarÃa hablaros de una idea sobre la vida en el futuro que me ha estado rondando durante años, como una especie de pesadilla diurna… No logro quitármela de la cabeza.
—Por favor, adelante —contestamos Arthur y yo, casi al unÃsono. Lady Muriel dejó a un lado el montón de partituras y entrelazó las manos.