Silvia y Bruno

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A las ocho de la mañana estábamos de vuelta en el Hall, y encontramos a lady Muriel, al earl y al viejo párroco esperándonos. Fue una procesión extrañamente triste y silenciosa la que llegó hasta la pequeña iglesia, y regresó de allí; y no pude evitar sentir que aquello se parecía mucho más a un funeral que a una boda; y eso era, de hecho, para lady Muriel: un funeral en vez de una boda; tal era el peso del presentimiento (como más tarde nos dijo) que albergaba de que su flamante marido se dirigía a su muerte.

A continuación desayunamos y, con demasiada prontitud, llegó el coche que debía trasladar a Arthur, primero a donde se hospedaba, para recoger las cosas que iba a llevar consigo, y luego lo más lejos posible en dirección a la aldea azotada por la muerte como se considerase seguro. Unos pocos pescadores debían ir a recibirlo allí, para cargar con sus cosas el resto del camino.

—¿Y estás totalmente seguro de que no olvidas nada que vayas a necesitar? —inquirió lady Muriel.

—Llevo todo lo que voy a necesitar como médico, ciertamente. Y mis propias necesidades personales son pocas: ni siquiera llevaré nada de mi guardarropa; hay un traje de pescador, de confección, esperándome en mi alojamiento. Iré únicamente con mi reloj, unos cuantos libros y… espera: hay un libro que me gustaría incluir, un Nuevo Testamento de bolsillo, para usarlo junto a los lechos de los enfermos y los moribundos…


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