Silvia y Bruno

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—Entonces podré irme con el corazón dispuesto… a hacer la obra de Dios… sabiendo que somos uno solo… y que estamos juntos en espíritu, pese a no estarlo de cuerpo presente… ¡y juntos sobre todo cuando recemos! Así se elevarán nuestras oraciones…

—¡Sí, sí! —sollozó lady Muriel—. ¡Pero no pierdas más tiempo aquí, cariño! Ye a casa y descansa un poco. Mañana necesitarás todas tus fuerzas…

—Bien, me marcho —dijo Arthur—. Vendremos mañana con tiempo de sobra. ¡Buenas noches, mi querido tesoro!

Yo seguí su ejemplo, y los dos nos fuimos de la casa juntos. Durante el retorno a nuestro alojamiento, Arthur dejó escapar uno o dos profundos suspiros, y dio la impresión de estar a punto de hablar… pero no lo hizo, hasta que hubimos entrado en la casa y encendido nuestras velas, y estuvimos en las puertas de nuestros respectivos dormitorios. Entonces Arthur dijo:

—¡Buenas noches, viejo amigo! ¡Que Dios te bendiga!

—¡Que Dios te bendiga! —le correspondí yo con el mismo deseo, desde lo más hondo de mi corazón.


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