Silvia y Bruno

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—Es un chico inteligente —continuó con entusiasmo ¡pero necesita a un hombre como su señoría para abrirse!

El canciller se mordió el labio y guardó silencio. Obviamente, temía que, por estúpida que pareciera, milady comprendiese lo que había dicho esta vez, y estuviera riéndose de él. Pero podría haberse ahorrado todas sus preocupaciones: fuesen cuales fuesen los significados accidentales de sus palabras, nunca iban con segundas.

—¡Todo está resuelto! —anunció el rector, sin perder el tiempo en preliminares—. La subrectoría ha sido suprimida, y mi hermano designado para actuar como vicerrector siempre que me halle ausente. De modo que, como voy a estar de viaje en el extranjero durante una temporada, asumirá sus nuevas funciones de inmediato.

—¿Entonces de veras habrá, después de todo, óbice? —inquirió milady.

—¡Así lo espero! —contestó el rector sonriente.

Milady pareció alegrarse mucho, y trató de aplaudir, pero si hemos de atender al ruido producido, tanto habría dado hacer chocar dos colchones de plumas entre sí.

—Cuando sea mi esposo óbice —dijo—, ¡será como si tuviésemos cien de ellos!

—¡Eso, eso! —exclamó el subrector.


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