Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Una hábil conspiración
El rector entró en ese momento, y a escasos pasos detrás de él venÃa el lord canciller, con el color un poco subido, falto de aliento y colocándose la peluca, la cual parecÃan haberle quitado parcialmente de la cabeza de un tirón.
—¿Pero dónde está mi precioso niño? —inquirió milady, mientras los cuatro tomaban asiento en la pequeña mesa auxiliar destinada a libros de contabilidad, legajos y facturas.
—Se fue hace unos instantes, con el lord canciller —explicó sucintamente el subrector.
—¡Ah! —contestó milady, sonriendo con gentileza hacia este alto funcionario—. ¡Su señorÃa sà que sabe cómo ganarse a los niños! ¡Dudo que nadie pudiera tener de la oreja a mi querido Uggug tan deprisa como lo ha hecho usted! —Para tratarse de una mujer tan rematadamente estúpida, los comentarios de milady estaban curiosamente llenos de significado: significados de los que ella misma era del todo inconsciente.
El canciller hizo una reverencia, pero con un aire de gran incomodidad.
—Creo que el rector se disponÃa a hablar —señaló, claramente ansioso por cambiar de tema.
Pero no iba a conseguir frenar a milady.
