Silvia y Bruno

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—¡Indudablemente! —contestó el canciller, vocalizando lo mejor que pudo mientras sujetaba una pluma con los labios. Estaba enrollando y desenrollando con nerviosismo varios otros pergaminos, y apartándolos para dejar sitio al que el rector acababa de pasarle—. Estos son simples borradores —explicó—: y, en cuanto agregue las correcciones finales… —dijo, revolviendo con gran escándalo los distintos rollos— un punto y coma o dos que he omitido por accidente… —aquí saltó a toda velocidad, pluma en mano, de una parte a otra del pergamino, extendiendo hojas de papel secante sobre sus correcciones— todo estará listo para firmar.

—¿No habría que leerlo antes en alto? —inquirió milady.

—¡No hace falta, no hace falta! —exclamaron al mismo tiempo el subrector y el canciller, con febril entusiasmo.

—En absoluto —convino el rector en tono suave—. Tu esposo y yo lo hemos revisado juntos. Establece que él ejercerá la total autoridad de rector, y que podrá disponer de la renta anual adscrita al cargo, hasta mi regreso o, de no producirse, hasta que Bruno alcance la mayoría de edad; y que entonces deberá ceder, a Bruno o a mí según sea el caso, la rectoría, la renta no gastada y el contenido del Tesoro, el cual ha de conservarse, intacto, bajo su cuidado.


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