Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Durante todo aquel rato el subrector se dedicó, con la ayuda del canciller, a cambiar los papeles de un lado a otro, y a señalar al rector el lugar donde había de firmar. Después firmó él mismo, y milady y el canciller añadieron sus nombres como testigos.
—Las despedidas, mejores cuanto más cortas —dijo el rector—. Todo está listo para mi viaje. Mis hijos están esperando abajo para decirme adiós. —Besó de forma solemne a milady, estrechó las manos de su hermano y del canciller, y se fue de la sala.
Los tres aguardaron en silencio hasta que el sonido de unas ruedas anunció que el rector se encontraba ya lo suficientemente lejos; entonces, para mi sorpresa, empezaron a carcajearse de mañera incontrolable.
—¡Qué gran ardid, oh, qué gran ardid! —exclamó el canciller. Tras lo cual el vicerrector y él unieron sus manos y se pusieron a dar grandes brincos por la sala. Milady era demasiado digna para brincar, pero emitió una risa parecida al relincho de un caballo, y agitó su pañuelo sobre su cabeza: estaba claro para su muy limitado entendimiento que se había hecho algo muy inteligente, pero aún no sabía el qué.

—Dijiste que me lo contarías todo cuando se fuera el rector —señaló, tan pronto como logró hacerse oír.