Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¡Pero casi me olvido de a qué venÃamos! —interrumpió Silvia—. ¿PodrÃa, por favor, dejarnos salir al camino? Hay un pobre y viejo pordiosero que acaba de irse y que está muy hambriento; Bruno quiere darle su bizcocho, ¿sabe usted?
—¡Me debo a mi puesto de jardinero! —farfulló este, mientras sacaba una llave de su bolsillo y comenzaba a abrir una puerta en la tapia del jardÃn.
—¿Y cuánto debe? —quiso saber Bruno inocentemente.
Pero el jardinero se limitó a sonreÃr.
—¡Es un secreto! —contestó—. ¡Procurad volver pronto! —dijo a voces hacia los niños, cuando estos hubieron salido al camino. Tuve el tiempo justo para seguirlos a través de la puerta, antes de que la volviera a cerrar.
Avanzamos apresuradamente por el camino, y al poco vimos al viejo pordiosero, alrededor de un cuarto de milla por delante de nosotros, momento en que los niños echaron a correr para alcanzarlo. Se deslizaban ligeros y veloces sobre el suelo, y yo era incapaz de comprender en lo más mÃnimo cómo podÃa yo mantener su ritmo con tanta facilidad. Mas el problema sin resolver no me preocupaba tanto como podrÃa haber sido el caso en otro momento, habiendo tantas otras cosas que demandaban mi atención.