Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—¡Ah, bien! —dijo el jardinero con una especie de gruñido—. Aquí las cosas cambian así. ¡Cada vez que miro se ha transformado por fuerza en algo distinto! Pero a pesar de ello, ¡hago mi tarea! Me levanto a las cinco con el canto del gallo…

—Yo en su lugad —dijo Bruno— no me levantaría tan tempdano. ¡Es casi tan malo como sed el pdopio gallo! —añadió en voz baja hacia Silvia.

—Pero no deberías remolonear por la mañana, Bruno —replicó su hermana—. ¡Recuerda que pájaro durmiente, tarde hincha el vientre!

—¡Pues que lo haga el gallo, si quiere! —señaló Bruno bostezando ligeramente—. A mí no me gustan nada los gusanos. ¡Siempde me quedo en la cama hasta que el gallo se los ha comido todos!

—¡Qué cara tienes para contarme un cuento como ese! —exclamó el jardinero.

A lo cual Bruno contestó sabiamente:

—No hace falta tened cara para contad un cuento: sólo boca.

Silvia cambió discretamente de tema:

—¿Y ha plantado usted todas estas flores? —preguntó—. ¡Qué jardín más bonito ha creado! ¿Sabe qué?: ¡me gustaría vivir aquí siempre!

—En las noches de invierno… —empezó a decir el jardinero.


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