Rojo, blanco y sangre azul
Rojo, blanco y sangre azul En una noche tranquila en Austin, sentados bajo un cielo lleno de estrellas, Alex toma la mano de Henry y susurra: —“¿Crees que valió la pena todo esto?” Henry lo mira, sus ojos reflejando tanto el pasado como el futuro. —“Siempre.”
Porque en un mundo lleno de expectativas y reglas, ellos eligieron romperlas todas para ser libres.
El salón de prensa está lleno a reventar. Las cámaras están listas, apuntando como armas cargadas. El murmullo expectante llena el aire mientras Alex Claremont-Díaz se abre paso hacia el podio. El calor de las luces es sofocante, pero no tanto como el peso de las miradas. Su madre, la presidenta Ellen Claremont, lo observa desde un rincón de la sala, sus ojos cargados de apoyo mezclado con preocupación.
Alex se detiene frente al micrófono. En sus manos tiembla un papel con notas que había escrito la noche anterior, pero decide apartarlo. Esto no puede ser leído. Debe venir de su alma.
—“Gracias por estar aquí.” —Su voz es tranquila, pero tiene un filo que corta el aire. Las cámaras parpadean; los murmullos cesan. Todos saben que lo que está a punto de decir cambiará las reglas del juego.