Rojo, blanco y sangre azul
Rojo, blanco y sangre azul En el corazón de Washington D. C., en lo alto del mundo político, Alex Claremont-Díaz vive atrapado en una paradoja. Es el “hijo estrella” de Ellen Claremont, la primera presidenta mujer de Estados Unidos, el joven de veintiún años con una sonrisa brillante y un carisma que parece esculpido por los mismos ángeles. Pero, dentro de las paredes de la Casa Blanca, donde los retratos de líderes muertos parecen vigilar cada paso, Alex siente el peso de algo más grande que la historia: la expectativa de ser perfecto.
Su dormitorio en la segunda planta, pintado de un azul oscuro que eligió para borrar cualquier rastro de las decoraciones anteriores, es su único refugio. Allí, alejado del alboroto de los pasillos y de la Sala de Tratados, puede colgarse las gafas de lectura que insiste en que no necesita y tararear en voz baja canciones de Hall & Oates mientras finge estudiar para su curso de Pensamiento Político Romano. Pero incluso en este santuario, sabe que su vida es una vitrina. Las cámaras, los tabloides, los críticos políticos: todos están listos para devorarlo al menor error.