Rojo, blanco y sangre azul
Rojo, blanco y sangre azul “Regla número uno: que no te pillen”, lee en un rincón del solárium, un mantra grabado por alguna alma perdida de otra generación. Alex lo encontró la semana después de mudarse y lo adoptó como un credo silencioso. Hasta ahora, esa regla ha sido su salvación, el límite entre la desintegración y el control.
Pero nada de eso lo prepara para la boda real del príncipe Philip de Inglaterra.
En un salón tan elegante que parece un set de película, Alex está rodeado de dignatarios, cámaras y una opulencia que lo sofoca. Los frescos dorados en el techo y los candelabros gigantescos no logran ocultar lo que realmente le molesta: Henry. El príncipe Henry de Inglaterra, con su sonrisa perfectamente calculada y su mirada que siempre parece juzgarlo desde un pedestal. Es el epítome de lo que Alex detesta: frialdad, perfección… falsedad.
Desde el primer encuentro, hace años, hubo algo en Henry que lo desquició. Quizás fue su impecable postura o la manera en que siempre parece tener la respuesta perfecta. Pero esta vez, el aire entre ellos está cargado de algo eléctrico, algo que ambos saben que no terminará bien.
—Ah, Alex —dice Henry con esa entonación británica que podría derretir a cualquiera, excepto a Alex—. Siempre tan… americano.