Rojo, blanco y sangre azul
Rojo, blanco y sangre azul —¿Y tú, siempre tan aburrido? —replica Alex, mientras el veneno se desliza en su tono.
El intercambio sube de tono rápidamente. En un movimiento tenso, ambos chocan cerca de la mesa principal. Henry da un paso atrás, y Alex, en su frustración, pierde el equilibrio. Todo ocurre en cámara lenta: su codo golpea el borde de la mesa, el pastel de bodas, una creación de 75,000 dólares con capas perfectas de fondant y oro comestible, tambalea.
—¡Mierda! —es lo único que Alex alcanza a decir antes de que el pastel caiga, destruyendo no solo la obra maestra culinaria, sino cualquier posibilidad de que esta noche termine sin un incidente internacional.
La sala queda en un silencio sepulcral. Los flashes de las cámaras explotan como balas. Henry lo mira con esa expresión de hielo y fuego que solo consigue enfurecerlo más.
—¿Por qué siempre tienes que ser tan perfecto? —le escupe Alex, la voz tensa, casi rota.
Henry no responde, pero la tensión en su mandÃbula lo dice todo. En ese momento, Alex sabe que ha cruzado una lÃnea, pero también sabe que no puede retroceder.