A mi madre
A mi madre Y qué terror... qué quebranto
aquel eco me causaba...
Llegué a pensar que me hallaba,
en la región del espanto.
Y aunque era mi madre aquélla,
que en sueños a ver tornaba,
ni yo amante la buscaba,
mi me acariciaba ella.
Allí estaba sola y triste,
con su enlutado vestido,
diciendo con manso ruido:
«Te he perdido y me perdiste»
Y llorábamos... ¡qué horror!
Llorábamos de tal suerte;
ella lágrimas de muerte,
yo lágrimas de dolor.
Todo en hosco apartamiento,
como si una extraña fuera
o cual si herirme pudiera,
con el soplo de su aliento.
Y es que el sepulcro insondable,
con sus vapores infectos,
mediaba entre ambos afectos,
de un origen entrañable.
Aun en sueños, tan sombría,
la contemplé en su ternura,
que el alma con saña dura,